Por: MAURICIO BERNAL.
Gloria Torres: "Abuelos que sufren mucho, sí, y me toca sufrir con ellos"
Cuidadora de ancianos. Conoce las caras del sufrimiento, ha visto lo amable y lo terrible. Y tiene unas cuantas historias que contar.
-Sí, ese día... Yo ya lo había vestido, le estaba atando los cordones. Él estaba sentado en la cama y yo estaba de rodillas, y de repente siento que me pasa la mano por el pelo, y entonces yo lo miro y me dice: «Me hace el favor de cuidarse mucho esa cabeza, ¿no?» Porque él sabía que yo sufría migrañas, hablábamos mucho y yo se lo había contado. Y yo en ese momento no pensé en lo raro que era que me dijera eso, así que simplemente le contesté que el que se tenía que cuidar era él. Lo dejé sentado en su silla, como todos los días, y a eso del mediodía me llamó el hijo a decirme que se había muerto.
-Y usted...
-Yo me puse a llorar.
-¿Se puso a llorar porque se acordó de lo que le había dicho?
-Por eso, claro, porque era una despedida, ¿no? Pero también porque estaba encariñada. Y, mire, tuve que hacer algo que nunca había hecho, y que, no sé, supongo que no voy a volver a hacer nunca: vestirlo. Quiero decir, por última vez. Yo los últimos meses, todos los días, había ido por las mañanas a ocuparme de él, o sea, entre otras cosas, a vestirlo, y la familia pensó que era mejor que la última vez que había que hacerlo lo hiciera yo, y no un desconocido. Y pues... yo pensé que tenía que hacerlo. Así que le puse todo, su terno, todo, como había hecho siempre.
-Pues no debió ser fácil.
-No, pero bueno, en general es algo con lo que tengo que vivir. Algunos de los ancianos a los que cuido son personas que están muy, muy enfermas, y algunos se mueren mientras yo trabajo para ellos. No delante mío, no en mis brazos, digo, eso nunca ha ocurrido... En todo caso, no son muertes traumáticas, y los hijos... sí, casi siempre están preparados. O al menos no los coge por sorpresa.
A Gloria la tocó cuidar su primer anciano hace 10 años, un mes después de llegar de Ecuador y justo cuando el dinero que había traído se estaba agotando; y desde entonces ha vivido de eso. Está convencida de que la contratan no tanto porque lo haga bien, que lo hace, ni porque sea tranquila, y paciente, y afectuosa, que lo es, sino por su físico: sus brazos fuertes. Porque en esos brazos está escrito que puede levantar sin esfuerzo a los abuelos, y sujetarlos, y sostenerlos, y sentarlos, y que jamás ocurrirá que un anciano de los que cuida se vaya al suelo. Y eso es fundamental.
-Habrá visto de todo.
-Me ha tocado de todo, sí, abuelos que han sido muy buenos conmigo, y otros que no han sido tan buenos, y otros que... bueno, en fin...
-¿Que qué?
-No, si tampoco se trata de... A ver, hay que entenderlos, son personas que sufren mucho. Y a veces... pues eso, le toca a uno sufrir con ellos.
-Cuénteme.
-Pues es que me acuerdo de una mujer... una abuelita que me salió mala. Escondía las cosas, imagínese, a la que yo me descuidaba escondía lo primero que encontraba a mano. Luego venía y me acusaba de haberlo robado. Claro que eso eran travesuras. Lo que sí me daba miedo... A ver: a mí me habían contratado fija, o sea, dormía allí. Pero estaba en una habitación donde la puerta no cerraba bien, no tenía picaporte, y yo por las noches... es que aún me dan escalofríos. Por las noches abría los ojos y ella estaba ahí, mirándome.
-Pues sí. No suena agradable.
-Aquello acabó muy mal. Pero es que esa viejita... Y esto no lo supe sino después, que si llego a saberlo antes no acepto el trabajo. Esta viejita se había puesto mal desde la muerte de su nieta, que la había atropellado un tren estando con ella. Imagínese. Pobre mujer. Estaba muy perturbada. Y bueno, lo que acabó ocurriendo es que un día me amenazó con un cuchillo... En fin, tampoco me parece que entremos en detalles. Pero claro, ese día me fui de la casa.
-Me ha contado una experiencia buena y una mala. Pero en general son...
-Buenas, buenas. Sin duda. La mayoría son viejitos muy queridos, muy amables conmigo. ¿Tenemos tiempo? ¿Le cuento otra historia?
-Por favor.
-Pues mire, esta era una abuelita que me quería mucho, y a la que yo quería mucho. Vivía sola. Trabajé unos meses con ella hasta que un día el hijo me llamó a decirme que estaba en el hospital. Yo fui a visitarla y allí me la encontré llorando. Le pregunté qué le pasaba, y ella me dijo que se acababa todo, que era el final, que la iban a ingresar en una residencia. Estaba destrozada, pobre.
-¿Y qué pasó?
-No duró ni un año en la residencia. Yo la visité hasta que pude, pero llegó un momento en que me dio mucha pena verla así. Se lo dije. Y nos despedimos.
Fuente: "El periódico.com" http://www.elperiodico.com
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